
El corazón tiene razones que la mente no puede entender, decía Pascal, porque la mente busca seguridad y el corazón, expansión.
Su pulso es un eco de la Fuente, un lenguaje que la mente no puede traducir, porque pertenece a otro reino: el de lo eterno.
Ama desde memorias que trascienden el tiempo, desde pactos sellados antes del nacimiento y promesas grabadas en la sustancia misma del espíritu, por eso, a veces nos une a quien nos hiere y nos aleja de quien podría amarnos sin dolor.
Cada vínculo es un hilo del tapiz kármico que el alma teje para reconocerse.
Las personas que amamos son espejos alquímicos: sus luces revelan lo que aspiramos a integrar y sus sombras, lo que aún tememos mirar.
Amar verdaderamente no es comprender al otro con la razón, sino recordar, a través de él, una parte dormida de nuestra divinidad.
Hay encuentros que no se explican con lógica,
sino con geometría sagrada, porque las almas que vibran en la misma frecuencia se atraen para complementarse, no para poseerse.
El corazón guarda mapas estelares, coordenadas invisibles que guían nuestras uniones.
No amamos solo lo visible: amamos los laberintos, las heridas, los silencios y los destellos que resuenan con la memoria cósmica de nuestro ser.
Por eso, “el amor verdadero no pide entender, sino sostener”; no exige perfección, sino presencia. Amar es aceptar que el otro porta su propio misterio, su código energético, su danza de luz y sombra.
Quien ama desde el alma aprende a abrazar lo que no se resuelve, a escuchar más allá de las palabras y a permanecer aun cuando la razón se disuelve.
Cada encuentro humano es una iniciación del alma, un movimiento sagrado en el viaje de la consciencia a través de las eras como enseñaba Blavatsky.
No amamos cuerpos, amamos vibraciones;
no seguimos destinos románticos, sino llamados evolutivos.
A veces, el alma reconoce antes que la mente,
y por eso se inclina hacia quien la hiere, no por castigo, sino por el proceso de despertar.
El amor es una alquimia que disuelve el ego hasta revelar la esencia “Lindy Giacoman”.
Amar al otro en su complejidad es contemplar el espejo donde nuestra sombra se purifica.
Cuando el alma elige, aunque duela, lo hace siempre en nombre de la evolución de la luz.
Existen verdades como las del alma, el amor y el destino que solo pueden comprenderse desde la intuición del corazón despierto.
La mente calcula; el alma recuerda y solo quien ha escuchado su propio pulso eterno puede reconocer la música del otro.
Rouss Jallieth
Sat Chit Ananda![]()
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